Rune Quest 6, Mediterráneo Mítico

Este blog se ha creado como complemento a una campaña que estamos jugando con el suplemento Mediterráneo Mítico del juego de rol Rune Quest 6, publicados en español por la editorial Runa Digital.
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jueves, 25 de febrero de 2016

Relatos de la aventura Sariniya's Curse (II)

Pérgamo

Día 28 del octavo mes en el año 350 a.C 

El viaje llega a su fin. El último tramo es la ascensión del río Caicos durante 30 km hasta llegar a la ciudad de Pérgamo. Un trayecto en el que el Anexeya se cruza con un sinfín de embarcaciones de todo tipo transportando materiales fruto del comercio en la ciudad, como les explica Abdel.

Imagen de pixabay.com
Lo primero que descubren nada más llegar, es que el puerto es un centro de comercio importante entre las caravanas persas y los barcos griegos. Aquí se entremezclan sedas orientales con orfebrería escita, traída directamente de Olbia, especias y plantas exóticas de Asia que se intercambian por mármol egipcio e incluso oro y plata íbero transportado directamente desde los confines del mundo y aunque en su mayoría hablan en griego, no es posible dar un paso sin escuchar palabras en cualquier otro idioma del mundo conocido.

Humanos árabes y griegos se mezclan con enanos de las montañas del interior, minotauros enormes del Valle de las Bestias o elfos de los bosques, mas individuos de cantidad de razas menores, como un pequeño clan kender. Todos conforman la compleja ecología de la ciudad. 

El capitán Abdel está en su casa y eso se puede apreciar en cómo se mueve, a cuantos saluda y lo seguro que se encuentra en este cosmopolita entorno. Da las órdenes pertinentes a los marineros para que desembarquen las mercancías y en seguida sale con los viajeros hacia la casa de su señor, una mansión situada al otro lado de la ciudad, en el barrio rico, tras los templos de Myceras (el héroe minotauro fundador de la ciudad) Zeus (padre de los humanos) y por supuesto Hermes (dios del comercio) entre otros más que no han podido ver aún.

Trimóstenes "el Dorado"

Una vez llegan a la puerta, lo primero que descubren es a dos hombres apostados a ambos lados del arco de entrada, van armados con lanza corta y escudo pelta y vestidos con ligeras túnicas cortas. Es evidente que están aburridos y aunque guardan la compostura, su expresión corporal es más parecida a la de un matón que a la de un verdadero soldado.

La casa señorial está completamente encalada y sus tres alas en forma de "U" se cierran con un alto muro frontal, que alcanza los tres metros. El palacio, aunque para ser tal es pequeño como todas las casas griegas, alberga tres edificios estrechos de dos alturas con un pequeño jardín en medio, decorado con una estatua de Anexeya rodeada de delfines, situada en el estanque y otra de Hermes sosteniendo un trirreme con una mano y una balanza en la otra, encabezando el jardín.

Una vez dentro pueden ver a un hombre que ha pasado los sesenta, pero demasiado ajado y cansado para su edad, sus movimientos son lentos y de pose encorvada, suele ir apoyado en un bastón. Pese al evidente desgaste físico, Euro lo reconoce inmediatamente como su tío Trimóstenes y ambos se saludan afectuosamente.

—Pero por favor... Pasar y disfrutar de un cómodo descanso hasta la cena, que estaréis agotados después de un viaje tan largo.

No hace mención al olor que desprenden, pero después de diez días en el mar, sin lavarse, no hay incienso que lo oculte, así que dos jóvenes y hermosas esclavas nubias, con suaves maneras les acompañan a la habitación donde se encuentra el enorme baño -casi una piscina- para, mientras unos van metiéndose dentro, otros recibir un vigorizante masaje con aceites egipcios a cargo de otros dos esclavos de Trimóstenes. Leónidas es el único que pone reparos a esta, para él extraña, costumbre lo que infunde cierta tranquilidad a los esclavos, que tienen un miedo evidente a acabar en el estómago del hombre-león.

A Kus nunca le ha lavado una chica del color del ébano y para él cualquier promesa de tener una nueva experiencia en su haber, de repente se convierte en lo más importante. Así que sin pensarlo más se desnuda y... Todos pueden ver la marca de nacimiento que luce en su pecho con la Runa del Movimiento.

Todo el mundo, compañeros incluidos, le miran con ojos desorbitados —Eres un elegido de Hermes— dice uno de los esclavos que van a hacer los masajes.

—Bueno... Yo no diría tanto... Pero quizás... No sé. La he tenido desde que nací, pero aún no sé qué significa— responde algo turbado por primera vez en su vida y dudando entre aprovechar la situación para "conocer más en profundidad" a la mujer de ébano o lavarse rápido y hacer un rápido "mutis por el foro" se mete en el agua.

Como a la susodicha no parece haberle influido tanto su marca de nacimiento como para conseguir lo que realmente quería, decide que es mejor dejar que le lave, tomar ese masaje (aunque el esclavo sí estuvo particularmente atento) y retirarse a explorar la casa.

—Quizás los espíritus puedan ayudarte en tu cacería sobre la runa— fue lo único que le dijo Leónidas antes de marcharse cuando el hombre-león se metía en el agua.

En su solitario deambular por la casa, sus avezados ojos le hicieron darse cuenta que si bien el trato de la familia de Trimóstenes era exquisito, también les estaban vigilando otros hombres de complexión recia, intentando hacerse pasar por esclavos de la casa. Él, al contrario que otros en su lugar, no le dio ninguna importancia y siguió a lo suyo y tanto disfrutó en su visita con las exóticas piezas decorativas que allí estaban reunidas, que en un momento dado decidió llevarse como recuerdo unos pocos cubiertos con empuñadura de marfil y que más tarde guardó entre los múltiples bolsillos de su abrigo.

La cena fue digna de un festín del propio Dionisos, regada de buen vino debidamente aguado y con excelente carne de caza. Al finalizar, Trimóstenes les explicó algo más de su misión.

—Mañana al alba partiremos en el Anexeya rumbo a una isla oculta a los ojos de los humanos hace ya varios cientos de años. Llevo toda la vida buscándola, pero hasta hace poco tiempo no he podido descubrir su ubicación y tengo la intención de ir allí a presentar mis respetos a una diosa largo tiempo olvidada y de la que por ahora prefiero no decir su nombre.

Varios de ellos quisieron averiguar más detalles, pero Trimóstenes, versado como está en el arte de la discusión y la oratoria, esquivó todas y cada una de las preguntas de manera muy elegante. Solo añadió los detalles económicos, prometiendo un estipendio de 50 dracmas a todos los que vuelvan o a sus herederos llegado el caso, para lo que firmará ante un acólito de Hermes una orden de pago por si es él el que finalmente no vuelve.

—Viniendo de quien venís y siendo quienes sois, no he de temer porque no cumpláis vuestra parte del trato y me traicionéis— concluyó sonriendo a su sobrino Euro.

La noche fue tranquila como era de esperar y la variopinta compañía pudo descansar como hacía mucho tiempo que no lo habían hecho, sin los vaivenes del mar ni las constantes salpicaduras de las olas mojándoles cuando chocaban en el casco. Antes del amanecer, unos esclavos les despertaron y ayudaron a equiparse para salir hacia el templo de Hermes donde recogieron las prometidas cartas de pago antes de volver al puerto.


El viaje

Con el alba el puerto está en plena ebullición, marineros recogiendo maromas, limpiando cubiertas o tensando velas, pescadores revisando sus redes antes de partir, estibadores cargando barcos que viajarán a ciudades tan lejanas que solo se las conoce por leyendas... Es la hora de los que trabajan duro para que Pérgamo siga siendo el centro de comercio que es.

Antes de partir, Trimóstenes se hizo acompañar por un sacerdote de Arexeya, que además de ser el nombre del barco es una diosa del mar, y realizaron un ritual en el que descuartizaron un gran atún rojo y lanzaron sus restos por la borda entre oraciones y súplicas de buenos vientos y buena mar.

El viaje resulta tan tranquilo como se prometió, el primer día costearon tan rápido hacia el norte de la península de Anatolia, que en vez de hacer noche en la desembocadura de un río como tenían previsto, entraron ya en mar abierto girando hacia el oeste.

Pero con la llegada del segundo día empiezan los problemas... Trimóstenes se reunió con sus compañeros de aventura y por fin dijo cual era el objetivo del viaje: La isla de Iaxos. El capitán Abdel, asombrado por la osadía de su patrón se lo dijo a la tripulación lo que les llenó de supersticioso terror, al que fueron inmunes nuestros aventureros ya que no tenían ni idea de las leyendas de la isla. Pese a todo, Trimóstenes se valió él solo para tranquilizar a la tripulación, lo que incluía a su capitán Abdel, al recordarles que ellos nada más tenían que acercarles y únicamente sus guardaespaldas y él mismo serían los que desembarcarían en la isla maldita, lo que si bien animó a los marineros inevitablemente creó cierto desasosiego entre el grupo de Euro.

En el atardecer del tercer día de viaje llegaron a ver los picos de Iaxos, pero como Abdel no quería arriesgar más de la cuenta, al final se decidió anclar a una distancia prudente para evitar sorpresas.


La isla de Iaxos 

Día 31 del octavo mes en el año 350 a.C.

La isla es un gran promontorio montañoso, de unos cincuenta kilómetros de lado, lleno de pequeños valles y picos que poco a poca va ascendiendo hacia el centro, donde se vislumbra una corona de cimas que impide ver el interior. 

Con el amanecer el barco comienza a rodear la isla en busca de un buen lugar donde atracar, pero lo que descubrieron no pudo ser más desalentador, en uno de los cabos situados más al norte vislumbraron a un enorme cíclope realizando sus labores frente a lo que podrían ser unas cuevas. No alcanzan a determinar con exactitud qué es lo que está haciendo, pero se le ve sentado manipulando algo muchísimo más pequeño que él. Si existía alguna posibilidad de que algún marinero les acompañase, ahora no cabe duda de que eso no iba a ocurrir.

Continuando con la travesía por fin encontraron una cala enorme, rodeada de blancas playas de arena en las que podrían desembarcar fácilmente y además mantener a buen recaudo al barco.


Imagen del módulo "Sariniya's Curse"
Nadie en el barco piensa que van a volver a verlos. Abdel apenas les ha dado 7 días para hacer lo que tengan que hacer y volver al barco o por lo menos dar señales de vida, antes de que se marchen de nuevo a Pérgamo.

El silencio en la nave es sepulcral, algunos marineros bajan el pequeño bote como si de un sarcófago se tratase, mientras el resto miran con tristeza al honorable Euro, que durante el viaje no se ha quitado la armadura, al jovial y curioso Kus, al peculiar Leónidas que cuando mira a alguien siempre parece que está vislumbrando su alma, al castrense Jenofonte, al que todas las mañanas se le encuentra haciendo sus ejercicios o entrenando con las armas y por supuesto a Trimóstenes, su jefe y amigo durante tantos años.

—Nos veremos pronto amigos— es la lacónica despedida de Trimóstenes, intentando, sin mucho éxito, infundir ánimo en esta tripulación, los mejores y más fieles marinos que ha tenido a su cargo como patrón y comerciante.

La mar, aunque tranquila, tiene una fuerte corriente que empuja a la pequeña barca de remos haciendo que un corto trayecto de apenas diez minutos, se convierta en una lucha de más de media hora hasta llegar a la playa. Durante el trayecto descubrieron el porqué tenían tanto miedo los marineros: Unos cuantos dragones se hayan dormitando al sol entre las rocas [realmente son lagartos gigantes, pero su tamaño y complexión hacen que se confundan fácilmente] así que, sin dudarlo buscan un lugar en la arena donde no haya ninguno de estos animales y rápidamente se disponen a subir la primera de muchas montañas.

Durante el resto de día, tienen la impresión de ser observados, sensación acuciada por la total ausencia de aves en las cercanías, pero ni Kus ni Leónidas, que van por delante, consiguen descubrir nada. Al caer la tarde el kender está agotado y decide detenerse en la cima de otra montaña para pasar la noche, ya ha perdido la cuenta de todas las que han subido y bajado para encontrar otra ladera enfrente. Aunque es un método lento y pesado, evita que pierdan el rumbo hacia el centro de la isla, lugar donde se supone que encontrarán un pico llamado "El puño de los dioses", un pilar enorme de granito que parece que lo han tirado desde el cielo, el objetivo de esta expedición.

Trimóstenes está exhausto, mucho más cansado de lo que debería a pesar de su débil constitución y ni la sabiduría de Kus ni los conocimientos de Leónidas pueden hacer nada por él, solo confirmar que su cansancio no es debido únicamente por el duro camino subido, tiene algo que le consume y cuanto más se acercan al centro de la isla, más fuerte es esa sensación.

La noche la terminan a la intemperie, curándose las múltiples heridas que la infinidad de zarzas y espinas les han hecho en las piernas y cenando comida fría. Nadie quiere hacer un fuego si no es imprescindible.


Día 1 del noveno mes en el año 350 a.C.

Con el amanecer se levantan, desayunan pescado salado y prosiguen la caminata en busca de su objetivo cuando a media mañana Kus, más avanzado, descubre una trampa de foso con estacas en el fondo, en medio de un paso natural y la intenta inutilizar con cuidado. Poco después Leónidas ve las huellas de Kus y menos precavido marca de forma evidente la trampa para que los últimos del grupo no caigan en ella.

Cada vez que alcanzan una cima intentan vislumbrar el Puño de los dioses, pero no lo encuentran hasta el atardecer, cuando por fin llegan a uno de los picos de la corona central de montañas tras el cual descubren un  gigantesco pilar de granito que algún dios ha tirado y con la caída se ha incrustado en la isla. Tiene más de cien metros de altura y es evidente que está clavado, destruyendo una montaña con el impacto. A su alrededor toneladas de piedras, producto del impresionante choque con la isla, se esparcen creando un pequeño valle rocoso y de difícil tránsito. El valle de piedras más llano que lo han encontrado hasta ahora, permite que Euro descubra en la lejanía un pequeño pueblo, en su origen construido con piedras pero que ahora se mantiene a base de palos y pieles. Es como si sus habitantes hubiesen olvidado la capacidad de construir.

—Deben ser los caníbales a los que se referían los marinos, los que se comen a los incautos que, como nosotros, se adentran en la isla y a los supervivientes de los ataques de los dragones a los barcos— dice Jenofonte.

Poco después comienzan a oír sonidos de timbales, flautas y extraños cánticos que avisan de la llegada de una procesión de cientos de andrajosos cavernícolas transportando cestas de fruta, bailando y gritando como auténticos salvajes. Ascienden por una intrincada senda que acaba en una rudimentaria escalera cavada en el granito hasta alcanzar una serie de cuevas que se encuentran a treinta metros de altura en el Puño de los dioses. 

Ahora que saben qué buscar, descubren otra entrada en la otra cara de la columna de granito en la que parece haber una terraza artificial colgada a la misma altura que las cuevas del otro lado. Su acceso es muy difícil, especialmente en el último tramo ya que tendrían que subir una pared prácticamente lisa e inclinada a la inversa, hazaña solo a posible para arañas, lagartos y expertos escaladores.

Ahora solo resta tomar una decisión: Aprovechar la luna llena de la noche [dificultad Difícil a las acciones] para acceder al complejo de cuevas o esperar a la mañana siguiente para entrar.

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